Imaginación empresarial e imaginación taurina
 
LAS MISTERIOSAS CONTRADICCIONES MEXICANAS
 
Leonardo Páez
 
El poder conmina a creer, sólo falta que el desempeño de los poderosos acabe de convencer.
La de México se convirtió en una fiesta de toros marginal no tanto por incomprendida o rechazada, cuanto por desentenderse de un desempeño profesional con ánimo de competencia, de la normativa taurina, de las expectativas del público y de una ideología que antepusiera la bravura. Esta oferta de  fiesta que dejó de apostar por la pasión y la grandeza, la motivación y el relevo estratégico de toreros, publicidad imaginativa y mercadotecnia estimulante e incluyente, desentendiéndose de la historia, la cultura y la sociedad, fue reducida por sus multimillonarios y autorregulados promotores a espectáculo sin misterio y a función de minorías.
Ahora, ¿quiénes se benefician de que las cosas taurinas de México no cambien? ¿Los metidos a promotores? ¿La consolidación fiscal de sus consorcios? ¿La vanidad del protagonismo ocasional? ¿Los gremios? ¿El público? ¿La autoridad? ¿La crítica seudopositiva? ¿Suponer que importar figuras releva de motivar a nuestros toreros, planear y ponerlos a competir en serio? ¿Impensable alcanzar aquí estándares internacionales de formación y competitividad?
Entonces que la tauromaquia continúe siendo patrimonio cultural y económico de España y que las relaciones asimétricas y las centenarias postraciones persistan a perpetuidad. Lo que ya no resulta tan obvio es que estos empresarios taurinos muestran un desempeño profesional espectacular en el resto de sus florecientes empresas y, sin embargo, con relación a la fiesta brava, sea tan lamentable la metamorfosis sufrida por el insensible duopolio taurino mexicano.
Alberto Bailleres González, propietario entre otras de la empresa Espectáculos Taurinos de México y de seis de las plazas más importantes de la república, excepto la Plaza México, en 2014 ocupó, según la revista Forbes, el lugar 69 entre los individuos más ricos del mundo, con una fortuna de más de 13 mil millones de dólares y el tercer puesto en México. Además de poseer varias ganaderías de bravo e incluso una en España (Zalduendo), su mayor logro taurino en más de tres décadas ha sido la feria de Aguascalientes, apoderar al diestro Morante de la Puebla y financiar la Fusión Internacional por la Tauromaquia (FIT).
Miguel Alemán Velasco, político y empresario, y su hijo Miguel Alemán Magnani, empresario, hijo y nieto respectivamente del expresidente de la república Miguel Alemán Valdés, apoyan hace 22 años a la empresa que maneja la Plaza México, sin que los resultados financieros y artísticos de ésta sean ni remotamente parecidos a su trayectoria política y a sus exitosos negocios. No aparecen en la revista Forbes pero llevan con gran habilidad, entre otras, la línea aérea Interjet y a punto estuvieron de adquirir la empresa Oceanografía, protagonista del reciente fraude con Banamex y Pemex.
Por esas cosas raras de la vida, como dice el bolero, género que el duopolio televisivo mexicano decidió relegar de su programación dizque por motivos de rating, esa eficacia empresarial desaparece a la hora de promover, con inteligencia, sensibilidad, espíritu de servicio y una discreta inversión, la fiesta brava en nuestro país. Imposible imaginar a los Bailleres o a los Alemán operando sus consorcios con los criterios que aplican a sus empresas taurinas. ¡No duraban ni seis meses en la guerra de los negocios! Imaginemos, en cambio, si el espectáculo de toros se manejara con un poco del profesionalismo y rigor de resultados que emplean en sus otros negocios. La fiesta de toros que habría por acá.
En fin, muy ricos, muy ricos, pero los mencionados y el resto de los empresarios sudamericanos, con menos millones pero aún más dependientes, hace décadas son incapaces de unirse y suscribir acuerdos para un trabajo coordinado y profesional que aproveche la infraestructura taurina, estimule e intercambie figuras en cierne, promueva la fiesta con imaginación y la haga repuntar en sus respectivos países.
Instalados en un neoliberalismo taurino y en el falso libre mercado a merced de los propagadores del pensamiento único, su modesto desempeño de espaldas al público y a un concepto identitario de la tauromaquia, prefiere seguir importando figuras, olvidándose de crearlas y ponerlas a competir para reflejo y orgullo de unos pueblos cada día más agraviados, incluso por el secuestro de sus posibilidades de expresión y de desarrollo.

 

   
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