Con los ojos muy abiertos por el pavor y el asco, Lady Apache miraba al Chairas mientras trataba en vano de quitárselo de encima. En tales circunstancias, se asombró de advertir que tras los eucaliptos aparecía una luna enorme y amarillenta. De espaldas sobre la hierba del foso que circunda al fuerte de Santa María de Guadalupe, en el mismo sitio donde hace ciento treinta años el cuerpo del capitán Gautrelet, perteneciente al segundo batallón de zuavos, yacía tendido con un hoyo en la frente, después de recibir a bocajarro el disparo de fusil que lo lanzó en caída libre desde lo más alto de la escarpa, cuando en una arremetida el guerrero francés había conseguido trepar hasta las aspilleras. Lo clarearon tan de cerca que tragó la pólvora del fogonazo. Con ese agujero cayó al fondo del foso. Tenía los ojos muy abiertos como los ponen los que se sorprenden de mirar al otro patio. La palma de la mano izquierda abierta, el brazo rodeando su cabeza y una de las piernas flexionada. Posición en la que despenado aguardó por horas hasta que los cadáveres fueron recogidos del campo de batalla. Asunto que viene al caso, sólo por la coincidencia del lugar y lo de los ojos desmesuradamente abiertos de Lady Apache que con los suyos desorbitados también recibía una arremetida, los embates del Chairas que le había levantado la falda y hacia intentos por bajarle las pantaletas en una lucha feroz. Ataque del que ella se defendía no a sangre y fuego, como un 5 de mayo Miguel Negrete defendió las fortalezas de Loreto y Guadalupe, sino a golpes, patadas y arañándole la cara. El cañoneo de una batalla retumbaba en sus sienes pues la sangre se le agolpaba en ellas. Tenía las manos crispadas y se revolvía inútilmente intentando zafarse de su agresor. El primer puñetazo lo recibió en la barbilla y la desconectó de la realidad por unos segundos. Volvió en sí, para enterarse que El Chairas la había desnudado de la cintura para abajo y que él ya se desabrochaba los pantalones. Como gritó aterrorizada y trató de defenderse con más ahínco, recibió otro golpazo. De esta segunda ocasión, despertó sintiendo los dolores que la desgarraban en las profundidades de la bisectriz.
 
Cuando llegó a la puerta del bachillerato vespertino llevaba casi un mes sin chupe y sin meterle a la verdolaga divina, palabras que él mismo empleaba cuando hacía cuentas sobre los días de abstinencia de vino y marihuana. El Loquillo, ante la Virgen de Guadalupe, había jurado no beber en el término de un año.
-Chido, baril y coqueto, qué onda ese- lo saludó El Mazo vestido con una camiseta de tirantes que le llegaba a media pierna, lentes oscuros y la gorra de cuero con la visera hacia atrás.
-Qué transa pinche Loquillo, vámonos de pinta- completó La Urraca; compañero al que llamaban así por la nariz larga y afilada, y su piel oscura tirando a negra. Tenía el pelo muy largo recogido en una coleta a la espalda, y al cuello una cadena de perro.
-Nel, estoy jurado- se negó El Loquillo pasando revista para enterarse sin preguntar quiénes integraban la escapada.
-Chale Loquillo no seas maricón, no se te van a caer los huevos porque chupes otra vez-intervino La Jaiba, una chica de baja estatura y regordeta, los ojos verdes, grandes y saltones muy separados de la nariz, de piel blanca y siempre sonrojada.
-¿Te cae?- soltó el instado.
-Cámara pinche Loquillo, no le hagas a la mamada y súbete a la troca- completó El Quicochas mostrando intermitentemente el arete incrustado en la lengua; también llevaba la ceja derecha como muestrario de joyería.
-Ya les dije que ni madres- se defendió el abstemio. Justo en ese momento, saliendo del edificio aparecía Lady Apache espectacular, animosa y bella. Al Loco le iluminó la tarde. -Cámara ya estuvo- dijo la guerrera a la vez chocando el puño cerrado al de los otros –vámonos-.
El Loquillo no lo pensó más. Las últimas trincheras de su voluntad fueron incapaces de repeler la carga de caballería que eran los grandes ojos negros y las gruesas pestañas rizadas de Lady Apache. Ella lo miró con ternura y complicidad, siempre podía contar con él, le había prometido una noche.
-Niguas, antes cáiganse con el varo- exigió La Chetos; a la que le encantaba surtir a golpes a otras mujeres. Tenía prestigio siniestro por ser integrante de una banda muy gandalla, Los Bunbury.
-Qué onda eshos bariles. Ya se hizo la finanza para que aflojen la marmaja- ante la perspectiva, El Quicochas estaba entusiasmado.
-Cámara Urraca, mochate para comprar los chupes. No te hagas que la Virgen te habla. No seas marro- insistió La Chetos.
-Lo mío y lo de Delia- El Loquillo jamás se atrevería a llamarle La Apache. Puso unos billetes que duplicaron los fondos recaudados. Tenía pasta porque de noche era mesero en un antro de la Plaza de Los Sapos.
-Cámara Loquillo, chido por tu varo- agradeció El Mazo.
 
 
Abordaron la camioneta del Chairas. Una Dodge negra del año, las llantas anchas y más pequeñas que las de fábrica, el cristal trasero cubierto con una película en espejo, escapes cromados que acentuaban el ruido de los acelerones -oyéndose de pelos- según los de la banda. Sus padres tenían prósperos negocios en la central de abastos. Además, se decía que uno de sus carnales traficaba cocaína en La Loma. La solvencia económica, sumada a la pandilla implacable del hermano eran los apoyos de su prepotencia y de que fuera por su mundillo sintiéndose el capitán plátano.
-Cáiganle atrás, las chavas no. Ustedes se vienen conmigo aquí adelante.
En Gigante de Los Fuertes compraron el bastimento. Una botella de vodka, otra de ron Bacardí, dos litros de cerveza por cada uno, paquetes de jugo de naranja, vasos desechables, frituras y popotes.
Al llegar a la caja del supermercado, La Urraca tomó ocho bolsas -ahora sí machines, la cerveza en bolsa y con popote.
Subiendo a la camioneta, El Quicochas celebró el agandalle a carcajadas mostrándoles una botella de tequila que sacó de los forros de su chamarra. Cuando llegaron al fuerte de Guadalupe ya habían dado cuenta de la primera cerveza. El Mazo propuso que, antes de ayudar a las morras a descolgarse hacia el fondo del foso, se bebieran la segunda cerveza en la bolsa -y puto el que se raje.
Para descolgar las gruesas humanidades de La Jaiba y de La Chetos no hubo comedimiento, no así para ayudar a La Apache.
-Chairas, le vuelves a ver los calzones y te reviento tu madre- se engalló El Loco.
-Calma, no te calientes plancha- contestó el amenazado.
-Pinche Loquillo, para dirigirte a mi carnal El Chairas, le bajas dos rayitas a tu mamonería- terció El Quicochas.
Lady Apache era alta, trigueña y de piel firme. La llamaban así porque llevaba el pelo suelto y largo recogido con una cinta que le pasaba por la frente y le daba vuelta por la nuca. También, por sus modales altivos. Tenía una cicatriz vertical en la mejilla izquierda cerca de la boca. Usaba minifalda y unas botas de gamuza que afianzaba hasta las rodillas. Le gustaba mostrar sus piernas bien formadas. Tenía los ojos negros, grandes y de una mirada viva. A pesar de las facciones duras era muy atractiva. En su cara convergían las líneas de expresión de los indígenas del norte. Herencia genética de pimas o yaquis corría por sus venas.
El silencio imperante entre los muros de la fortificación, adustos y grises manchados de moho verde y en su tiempo, salpicados de viruela por la fusilería enemiga, fue roto por la gabacha a todo volumen. La música era de Los Temerarios.
-Qué onda pinche Urraca. Esa música está muy deprimente, para suicidarse cabrón, ponte algo más al pedo.
-La grabadora es mía pinche Chetos, así que vete a la gaver.
-No mames wey, no te pongas ojete con una dama- intervino El Mazo.
El Chairas con agilidad subió la contra escarpa, cuando no lo vieron los otros lanzó lejos la bolsa casi llena de cerveza y volvió con un caset. La voz de Claudio Yarto y el grupo Caló retumbó en el sitio donde el día de la heroica batalla, entre toques de clarines, andanadas llenando el cielo de humo blanco, órdenes de oficiales nerviosos, disparos de la infantería y los gritos de furia de los combatientes, las armas nacionales dieron cran y se cubrieron de gloria.
Pu-do más una ta-qui-za que mi más fer-vien-te a-mor, cuan-do yo me de-cla-ra-ba nena te-nía un ham-bre de pa-vor. Yo te ha-bla-ba de bo-nan-za y te em-pe-za-ba a a-pan-ta-llar y las tr-ipas de tu pan-za co-men-za-ron a chi-llar. Hicieron ronda cantando la música más chingona del planeta, según aseguró El Mazo, afirmación que el resto aprobó por unanimidad. Con la boca imitaron ritmos electrónicos. El Quicochas rapeando fue el primero en pasar al centro. Luego, se turnaron los otros hombres del grupo, menos El Loquillo que borracho y sentado sobre una piedra, embobado observaba reír a Lady Apache, que cuando lo hacía a carcajadas cualquier hombre quedaba rendido para siempre.
Rubén Monje Capioca, alias El Loquillo, era el más joven del grupo. Nariz delgada y recta, boca pequeña y los párpados un poco caídos como apagados de tristeza. Usaba el pelo engominado en puntas hacia el cielo, barba y bigote ralos, todavía vello de adolescente, de varios días sin pasarse la navaja. Vestía pantalón de mezclilla, una camiseta de tela sintética sin mangas para lucir los brazos de músculos marcados; la prenda untada a su abdomen de lavadero y a su pecho fuerte, dejaba patentes las horas machacándose en el gimnasio de La Cotorrita Azcárate, boxeador del barrio de Analco, campeón peso mosca, que le permitía entrenarse en su establo. Rubén se distinguía por sus excesos y atrevimientos, y por ser muy bueno para las sopas, es decir, para romper caras a trompadas. Mesero, lava coches, pintor y roba estéreos sólo cuando se ofrecía faltando el alcohol y la marihuana. Estaba rotundamente enamorado de Delia Itzel Romo Centeno, Lady Apache, que a su vez estaba enamorada de un chavo que vivía en la misma vecindad que ella, asunto que hizo del conocimiento del Loquillo, anticipándose a una declaración de amor que veía venir irremisible, aquella medianoche en que a la luz pálida y temblorosa de las lámparas conocidas como dragones, los dos vagaban por el centro histórico de la ciudad con alma, la de sobria belleza, que se llama Puebla. No se hizo su novio, pero sí su confidente y amigo más cercano. Los afanes de Rubén nunca la enamoraron, pero le habían generado un cariño filial. Quería mucho a ese casi niño que la colmaba de atenciones y sólo estaba allí para cumplirle todos los deseos que estuvieran a su alcance o al de un robo en una perfumería, una tienda de ropa, o donde fuera necesario y se pudiera.
Como siempre pasa en México desde los años en que en el cine las rumberas les comieron el terreno a los charros, cambiaron a la música tropical. Los Abelardos y Los Vásquez se enseñorearon de la gabacha. La bailada subió de tono, tuvo sus buenos arrimones. Cada vez más borrachos La Urraca y la Chetos se desaparecieron trenzados en tremendo faje. Mientras La Jaiba se acercó al Loquillo que seguía sentado.
-Qué onda ese- y le echó el brazo sobre los hombros. -Vente Loco- trató de besarlo en la boca.
Él la rechazó. Tambaleante se puso de pie y con una mirada se cercioró si Lady Apache lo había visto.
-Ya estás, esa Jaiba, lárgate.
-No es posible que se te arruguen los huevos para tan rica torta- dijo La Jaiba jalándolo del pantalón.
-Lárgate, ¿te late?, la que me trae de nalgas es La Apache- le preocupaba que Delia lo viera. Vació de golpe el vaso de tequila.
-Yo no sé qué le ves a ese tasajo para que me rechaces- dijo la crustáceo.
-Te vale madres- fueron las palabras con que El Loquillo se retiró para evadirla definitivamente.
-Nunca pensé que fueras tan hijo de la chingada, pinche Loquillo, puto.
Aunque ellos no lo veían -la escarpa del fuerte casi en ruinas les tapaba la perspectiva- el sol, por el lado de los volcanes, ya pintaba de púrpura y naranja el horizonte.
 
Lady Apache hablaba con voz pastosa. Era esa hora de la tarde noche en que es más fácil distinguir las siluetas que ver los rostros. El Chairas le propuso dar unos pasos, estirar las piernas, dijo. Rodearon el baluarte del noreste, ese por donde los soldados del Ejército de Oriente vieron brillar los espadines de Bayona, o sea, las bayonetas de las tropas de Lorencéz cuando estas aparecieron entre las milpas tiernas por el camino de Amozoc. En aquellas épocas las cimas coronadas por los fuertes de Loreto y Guadalupe eran unos cerros pelones en los que en el tepetate sólo crecían magueyes y hierba rala. Por eso, los defensores de la plaza pudieron distinguir a sus poderosos oponentes desde que la polvareda se levantó en el fondo del paisaje. La abrazó y ella no se opuso porque no imaginaba el plan de ataque enemigo. En cuanto rodearon el muro trató de besarla. Lady Apache le dio un empujón violento que lo hizo trastabillar. Pero El Chairas volvió a la carga resuelto y sin importarle mucho la opinión de la chica. Ella como pudo, eludió el encuentro quitando los labios para que él no los tocara.
-Delia, me porto buena onda contigo y ya estoy hasta la madre de desearte y de que me rechaces.
-No me vuelvas a tocar, cabrón- fue la respuesta que no surtió el mínimo efecto, porque el baril la derribó echándosele de inmediato encima, las manos prendidas a los pechos y buscando los labios. Como no accedió y El Chairas venía decidido, éste le arreó un puñetazo muy fuerte en la barbilla y luego otro. Aprovechando los segundos que ella perdió el sentido, empezó a violarla. Aturdida por el golpe sintió que le ardía la mejilla. La adrenalina le bajó los vapores del alcohol y de pronto se sintió lúcida. Es una pesadilla, pensó, esto no me está pasando. Fue cuando se extrañó de distinguir algo tan impropio en esos momentos como el tamaño y el color de la luna, también, de que el violador olía a sudor, de sus propios quejidos, del jadeo del otro y de que lloraba en silencio, soportando ya casi resignada las acometidas. El Chairas lamía el cuello de Lady Apache empujando sin miramientos, cuando como perro del mal El Loquillo le cayó encima gruñendo, golpeándolo con todas sus fuerzas, pero sin sentir que tras él se había arrancado El Quicochas. Rodaron por el suelo.
Cuando Kiss se aplicaba a coro en I was made for loving you,alguien apagó la grabadora para escuchar lo que sucedía. Todos se acercaron gritando, unos a favor de que siguiera la pelea, otros instando a que parara. El ruido de los cristales violento y definitivo, partió en dos la noche alargándose en el eco del foso, por unos segundos imperó un silencio expectante. El Loquillo cayó inconsciente rodando boca arriba. Quicochas paseó su mirada encontrando los ojos en suspenso de los demás, luego, se miró la mano derecha que apretaba fuerte la boquilla de la botella con la que había golpeado al Loco un poco más arriba de la nuca. Lady Apache arrastrándose se replegó a la muralla sollozando, temblaba de rabia, de soledad y de frío.
-No mames, pinche Quicochas, ya lo mataste- La Jaiba estalló a gritos echando las rodillas a tierra -Loquillo, despierta hijo de tu pinche madre.
-Ay Quicochas culero, ya lo mataste- gritó La Chetos neurótica y se abalanzó sobre el agresor.
-Calmate pinche Chetos- espetó El Mazo mientras la contenía por la espalda.
En la oscuridad como un murmullo se oía el llanto de Lady Apache. La Jaiba volteó a Rubén para revisarlo, se le llenaron las manos de sangre -no, no está muerto, está respirando… aliviánanos pinche Loquillo, despierta. Hay que hablara la Cruz Roja antes de que se desangré- exigió.
-Cálmense con una chingada, vámonos- dijo El Chairas impasible contemplando la escena como si él no hubiera formado parte de ella.
-¿Cómo chingaos nos vamos a ir?, hay que llamar a una ambulancia- insistió La Chetos.
-Vámonos, la llamaremos desde otro lado, ¿o quieres que nos metan al tambo a todos, pendeja?.
El Loquillo se convulsionaba cuando lo abandonaron. Lady Apache no subió a la camioneta en la que veloces huían los otros. Ella sin mirar atrás, dilatadas las aletas de la nariz y sollozando, sucia de hierba seca y polvo, asquerosamente sucia de saliva y sudor de hombre, dolorosamente sucia de sangre entre las piernas, encerrada en sí misma echó a andar calle abajo. Se oyó el rechinar de las llantas al tomar la curva. El fuerte se erguía a la luz plateada de la luna que iluminaba las aspilleras y las copas de los árboles oscilando suavemente. Todo quedó en silencio, como el día de la batalla cuando las tropas de Napoleón III completamente derrotadas, se replegaron por donde habían venido y los soldados mexicanos curaban a los heridos y recogían a sus muertos. Eso después del aguacero torrencial que dicen, cayó aquella tarde.
En la negra bóveda celeste se destacaban muy pocas estrellas, sólo las más brillantes y la luna avanzaba hacia el cenit. A las faldas del cerro se oía el rumor de la ciudad. Los camilleros tardaron en dar con él. Lo hallaron boca abajo, sobre la hierba crecida en el foso del fuerte entre los muros centenarios, piedras desgastadas por tres siglos de soles, lluvias, vientos y una única batalla. Esparcidos quedaban los restos de la fiesta. Era fácil imaginar lo que allí se había librado durante toda la tarde y que probablemente en la noche clara, impávida y ajena a discusiones y riñas, había terminado en un pleito de jóvenes borrachos y drogados. Entre las sombras y la hierba a la luz de las linternas, desperdigados se veían vasos de unicel, botellas vacías, bolsas de papas fritas y más allá, el círculo luminoso dio con el bulto. El Loquillo había vomitado y los restos devueltos se le pegaban a la cara. Tenía una gran abierta arriba de la nuca. La sangre se le había secado en el pelo y había un charco junto a la cabeza. En el cuero cabelludo llevaba encajados algunos vidrios. Apestaba a bebida, jugos gástricos y a orines. Había un rictus de dolor en su boca mientras dormía extraviado en el laberinto de alcohol y caos. Uno de los camilleros dio la alerta. Se encuentra persona del sexo masculino, aproximadamente dieciséis años de edad, inconsciente, en alto grado de alcoholismo, respirando, pulso acelerado, presenta hemorragia por herida en el occipital, al parecer no tiene fracturas, se le ha colocado collarín, procedemos con lesionado a central.
 
-Ayer vimos que un polinomio es homogéneo cuando todos sus términos son uniformes, exponía el profesor de matemáticas.
En el bachillerato, como cada tarde las clases dieron comienzo en punto de las tres. La Jaiba desde su banca por un momento imaginó una escena romántica. La cama de un hospital, El Loco dormido conectado a sueros y oxígenos. La expresión serena de quien descansa profundamente. La Apache junto a él derramando unas lágrimas y tomándole la mano. Sintió celos, pero la imagen cambio de inmediato y se vio a ella misma rindiendo una declaración ante el escritorio del Ministerio Público. Chacos, cruz, cruz. Volteó hacia El Chairas, que se había pintado el pelo de rubio y llevaba su medalla de la Virgen de Guadalupe con gruesa cadena de oro al cuello por fuera de la camiseta. Sentado en los riñones con las piernas a todo lo largo, le devolvió la mirada con una sonrisa impertérrita. Quicochas hacia dibujos en su libreta. La Urraca y El Mazo fingían poner atención. La Chetos se pintaba una uña. Dirigió la mirada al frente, que hueva pensó y se dedicó a hojear una revista.
-Me explico, o sea, cuando la suma de los exponentes de las letras en cada término son constantes- continuó el ruco dando breves golpes con el borrador en la pizarra sobre potencias al cuadrado y al cubo; llevaba su misma corbata anticuada y lamparones de grasa en las solapas.
 
Mientras la lección de matemáticas transcurría soporífera, El Loquillo despertó recostado en la pared de una casa frente a la fuente de los Muñecos. Sin enterarse, había sido dado de alta en la madrugada. Deambuló por el barrio de Xonaca durante horas hasta que se quedó dormido en la banqueta. Despertó cuando el sol de la tarde clara le daba en el rostro, cegándolo. Se preguntaba quién le había puesto de sombrero un balón de fútbol. Eso imaginó al tocar el vendaje. Si no era una pelota, por qué la gente que pasaba por ahí lo observaba tanto. Trató de incorporarse, le fue imposible. Tenía las piernas entumidas y el dolor de cabeza ya de si muy fuerte, se agudizó con el movimiento. La espalda apoyada en la pared, distraído dirigía la vista a los coches que transitaban por ahí. Así, estuvo un largo rato, las personas le sacaban la vuelta. Él las miraba. No podía articular palabra. Tampoco sabía quién era ni qué hacía allí. Se acercó un perro, un pequinés prognata y enano, le olió las suelas y se marchó al trote con las manitas arqueadas y la cola peluda. Rubén sintió que tenía las manos mojadas, era sudor tibio, humedad abundante en las palmas que ya nunca se le secarían. Una vieja, encorvada y de piel de lagarto, se detuvo a preguntarle si se le ofrecía algo, pero desconfiada no se decidió y echó a andar sin detenerse cuando El Loquillo quiso decirle algo y sólo emitió sonidos apagados, un amago de tos, una especie de gruñido. Al anochecer, pudo levantarse y sin saber cómo, extraviado para siempre en los laberintos de su mente, llegó a casa.   
   
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